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Narrar para conocer

Actualizado: 25 oct 2021



El verbo ‘narrar’ cuenta con la misma raíz del término ‘conocer’. Ambos provienen del sánscrito gna, el cual traduce conocimiento. Así lo recuerdan los periodistas Tomás Eloy Martínez y Juan José Hoyos en diferentes momentos. Este último en su libro “Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo” (2013) alude a la conferencia del primero en 1997 cuando, al abordar los desafíos del periodismo en el siglo XXI ante la Sociedad Interamericana de Prensa, indica que la narración es la clave para el entendimiento humano. Eloy Martínez a su vez evoca las palabras del ensayista norteamericano Hayden White, según el cual lo único que el hombre entiende y guarda en su memoria son los relatos.


Todo relato es una invitación a conocer lo/el otro; no obstante, depende de cómo y quién lo cuente. La primera generación de cronistas de Indias, encabezada por el almirante Cristóbal Colón, se nubló ante el descubrimiento de un “nuevo mundo” al poner etiquetas traídas de Europa (el que aún hoy llamamos desde aquí “Viejo Continente”) para nombrar lo que por primera vez veían. Del mismo conquistador Hernán Cortés se dice que era incapaz de describir la realidad inconmensurable ante sus ojos por el encuadre europeo que cargaba consigo. “Por no saber poner los nombres, no las expreso”, le dice en sus Cartas de Relación entre los años 1519 a 1526 al Rey Carlos V de España. Pareciera un personaje más de Macondo durante el período en que sus habitantes marcaban cada cosa con su nombre como fórmula ante el olvido por cuenta de la peste del insomnio, antes de la “reconquista de los recuerdos” del pueblo narrado por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.


Tanto la novela de García Márquez como los relatos de Cortés y Colón tienen tintes de eso que llaman “realismo mágico”, pues navegan entre la ficción y la realidad. El mismo Gabo inicia su discurso de aceptación del Nobel con algunos ejemplos de esos relatos extraordinarios de aquellos extravagantes navegantes que acudían a la exageración para cautivar a ese lector europeo (los Reyes Católicos en el caso de Colón) y ufanarse de sus aventuras en suelos ajenos, como si se trataran de epopeyas griegas. Sin embargo, sus narraciones carecían de interés por descubrir al ‘viejo mundo’ los valores ancestrales, costumbres arraigadas y cosmovisión de las comunidades asentadas en ese ‘nuevo mundo’ desde siglos atrás.


Nueva generación de cronistas

El propio Gabriel García Márquez es considerado uno de los pioneros de una nueva generación de cronistas de Indias; pero no por sus relatos de ficción, sino por su auténtica labor periodística. En 1954, el entonces reportero de 27 años de El Espectador fue enviado a Quibdó a cubrir una supuesta “movilización permanente” en contra del general Rojas Pinilla ante la decisión de dividir y repartir el departamento entre Antioquia, Caldas y Valle. Sin embargo, al llegar con un fotógrafo del periódico se dio cuenta que la tal manifestación se había desvanecido desde hacía días, y que el corresponsal en la zona la había mantenido viva a través de telegramas producidos con el espíritu de sacudir la opinión de la capital. La respuesta de Gabo tras el viaje emprendido desde Bogotá con escala en Medellín, bajo la urgencia de recopilar información de la protesta y obtener fotografías de primera mano para la edición del día siguiente, fue contundente: “Mira: te advierto que yo no me he metido en un Catalina que se llueve, con un piloto que era pitcher en la Matuna y que no tiene ni la menor idea de esto, para salir ahora con que no hay manifestación. ¡De manera que me haces la manifestación!”.


Así que el equipo periodístico se dirigió al gobernador, quien convocó a la gente para que saliera a la plaza hasta llenarla y poder ser fotografiada en plena marcha, en principio teatralizada. No obstante, tras el revuelo de la publicación de las primeras imágenes, la realidad superó a la ficción y la gente se arropó de ese espíritu inicial que dio pie a que se manifestara de manera genuina hasta el punto de que a los reportes de Gabo se sumaron los de otros periodistas que viajaron junto a diferentes congresistas chocoanos, quienes asumieron esta protesta como bandera política propia y con sus discursos y el clamor popular motivaron que antes de una semana el gobierno declinara su propuesta.


Aun con ello, García Márquez permaneció en el territorio para contemplar y conversar de forma detenida con los habitantes de la región, y a través de sus observaciones y entrevistas producir una serie de reportajes titulada El Chocó que Colombia desconoce.


“Lo que tratamos de transmitir en cuatro largos episodios fue el descubrimiento de otro país inconcebible dentro de Colombia, del cual no teníamos conciencia. Una patria mágica de selvas floridas y diluvios eternos, donde todo parecía una versión inverosímil de la vida cotidiana. La gran dificultad para la construcción de vías terrestres era una enorme cantidad de ríos indómitos, pero tampoco había más de un puente en todo el territorio. Encontramos una carretera de setenta y cinco kilómetros a través de la selva virgen, construida a costos enormes para comunicar la población de Istmina con la de Yuto, pero que no pasaba por la una ni por la otra como represalia del constructor por sus pleitos con los dos alcaldes”, cuenta el mismo Gabo en su autobiografía Vivir para contarla (2002).


Después de más de medio siglo de su publicación, este reportaje y las fotos que ilustran el texto (a pesar de que la narración en sí misma es más que ilustrativa) aún es traído a colación para advertir lo que en el terreno perdura en el tiempo:


“En los mapas figura una carretera de 160 kilómetros que es pura especulación cartográfica: Medellín-Quibdó. Viajar por ella es padecer una angustiosa y agotadora jornada de 22 horas, en vehículos atestados de mercancías y animales. Y como el río Atrato, y como casi todos los ríos y pueblos del Chocó, esa carretera, más teórica que real que sólo admite el tránsito en un sólo sentido, es una larga calzada de tierra revuelta con polvo de oro”. Este es apenas un fragmento del escrito de 1954, reproducido por varios columnistas durante el paro cívico de 2017, el cual concluyó con el acuerdo del entonces gobierno de Juan Manuel Santos a invertir 440.000 millones de pesos para continuar hasta 2022 las obras que conectan Quibdó con Pereira y Medellín.


Ese mismo año se crearon los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), fruto del Acuerdo de Paz. Estos son a su vez un instrumento de planificación y gestión en 170 municipios priorizados para una renovación de aquellos territorios, caracterizados por la débil presencia institucional, a partir de ocho pilares; uno de ellos, el pilar ocho: la reconciliación, convivencia y construcción de paz.


¿Cómo se evidencia la reconciliación, convivencia y construcción de paz en la realidad? De esta se ha hablado desde los días en que Gabo era un joven cronista; sin embargo, la mayor parte ha sido un lugar común de campañas políticas, muchas de ellas con tinte populista, sin tomar lugar en el día a día de cada vereda, corregimiento o municipio. ¿Qué iniciativas han existido desde entonces y aún hoy por parte de la sociedad civil para darle forma a ese pilar que tanto el Estado como buena parte de la población del país ignora? ¿Qué caminos se han sembrado desde el paso de nuestro fallecido Nobel por esta tierra y cuáles acciones se abren paso por parte de las actuales generaciones para que esa construcción de paz se cuente en el terreno?


Cuenta Conmigo

El proyecto Cuenta Conmigo busca visibilizar esos actos reveladores del potencial de los jóvenes en las regiones del país a través de relatos periódicos sobre lo que hacen y perciben desde sus propios territorios. Para ello, desde el primer encuentro del equipo de este primer ciclo de narradores que le dé rienda suelta a esta iniciativa se planteará como tema base el pilar ocho a descubrir en la cotidianidad de lo que hace y siente la gente para que este sea una realidad; en especial las acciones de jóvenes de la comunidad, y describirlas aunado a los pensamientos de los mismos participantes acerca del concepto que reina sobre ellos y lo que realmente conciben para la transformación de su respectivo territorio.


¿Cómo se ve reflejada la reconciliación, convivencia y construcción de paz en la rutina de quienes habitan el municipio o vereda de la que haces parte? ¿Qué situaciones cotidianas dan cuenta de ello? ¿Qué actores de tu comunidad personifican este tema? ¿Cuáles de ellos son jóvenes como tú que aportan desde su quehacer a la renovación de esos ideales de transformación a la luz de este pilar? ¿Cómo se concreta este desde lo que percibes en tu entorno; tus ideas y conversaciones con cada persona a tu alrededor? ¿Qué hacen o pueden hacer otros actores fuera de tu territorio para incidir en ello? ¿Qué necesitan saber? ¿Qué crees que saben y piensan a la distancia? ¿Qué historias de la cotidianidad ignoran?


Las respuestas a estos interrogantes se traducen en relatos periódicos. ¿Por qué periódicos? Porque durante cada período de tiempo transcurren hechos y pensamientos distintos. Gabo transmitió lo que percibió durante su estancia temporal en Chocó, pero su relato perdió efecto con el paso del tiempo. Muchos años después, contaría en sus memorias: “Ese era el Chocó que quisimos revelar a los colombianos sin resultado alguno, pues una vez pasada la noticia todo volvió a su lugar, y siguió siendo la región más olvidada del país” (2002).


No obstante, quienes habitan su propio municipio tienen la posibilidad de elaborar un relato continuo sobre lo que allí acontece en diferentes períodos de tiempo. ¿Qué tal cada ocho o quince días? Durante ese lapso, son innumerables sucesos y pensamientos para anotar, acompañadas a lo mejor de registros fotográficos que permitan guardar una memoria de algunos de ellos; desde un abrazo entre compadres al final de una jornada de trabajo o una celebración en la plaza principal al calor del mediodía de un fin de semana, junto a una reflexión sobre las capacidades del pueblo para cultivar un mañana más próspero.


¿Y qué tal si transcurridos los quince días nos reencontramos en un mismo espacio virtual, gracias a la tecnología actual, para intercambiar esas historias y confeccionar un relato común que proyecte lo que se está sembrando en el terreno?


Es una herramienta con la que no contaban los cronistas de Indias tanto de hace cinco siglos como medio siglo atrás. Ahora tenemos la posibilidad de construir un acta compartida sobre lo que acontece en el país desde la visión más profunda, abierta y cercana que identifica a quienes habitan esta tierra. Llamémoslas “Actas de mi tierra”, elaboradas por una nueva generación de cronistas que a través de sus relatos generen una ‘manifestación permanente’ de una nueva agenda, una agenda joven, que sea discutida a nivel nacional con menos lugares comunes y más ideas concretas. ¿Te animas a hacer parte de esta generación? Contemos juntos para que cuenten con cada uno (a). Cuenta conmigo para que tu relato sea un hecho compartido.

 
 
 

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